El Plancton y el Oxígeno:
Descubre el secreto del

¿De dónde viene realmente el oxígeno que respiras?
Respira hondo. Ahora, otra vez. ¿Sabías que una de esas dos bocanadas de aire que acabas de tomar no fue posible gracias a un árbol, sino a algo que no puedes ver? Sí, me refiero a un organismo microscópico que flota silenciosamente en nuestro vasto océano.
La mayoría de nosotros crecimos pensando que los bosques son los pulmones de nuestro planeta. Y sí, son importantísimos, nos dan vida de muchas maneras. Pero el verdadero pulmón de la Tierra, ese que nos permite seguir aquí, es azul, no verde. La NOAA, esa autoridad en nuestros océanos, nos confirma un dato asombroso: entre el 50 y el 80% de todo el oxígeno que respiramos proviene del fitoplancton marino. Imagínate, querido lector, estos diminutos organismos representan apenas el 1% de la biomasa vegetal global, ¡pero producen la mitad de todo el oxígeno de la Tierra! Es como si el océano guardara un secreto vital que apenas estamos empezando a comprender juntos.
¿Qué es Prochlorococcus?
En 1986, una científica del MIT, Penny Chisholm, hizo un descubrimiento que cambiaría para siempre nuestros libros de texto de biología. Por esta hazaña, en 2019 recibió el Premio Crafoord, el equivalente al Nobel en biociencias.
Prochlorococcus es el fotosintetizador más pequeño de la Tierra, ¡y también el más abundante! Se estima que hay 3 mil cuatrillones de ellos flotando en nuestros océanos. Una sola gota de agua de mar puede contener hasta 20,000 de estas células.
¿Qué tan diminuto es? Imagina que un grano de arena fuera tan grande como una montaña; pues una célula de Prochlorococcus sería del tamaño de una persona parada a sus pies. Y sin embargo, estas células invisibles, trabajando juntas, producen el oxígeno para una de cada cinco respiraciones que tú tomas.
Su genoma tiene apenas 2,000 genes, ¡imagínate! Otras algas tienen más de 10,000. La evolución lo ha moldeado para ser pura eficiencia. Prospera en aguas pobres en nutrientes, donde casi ninguna otra forma de vida podría sobrevivir.
El oxígeno que respiras: ¿Cómo lo produce el océano?
Imagina esto: el fitoplancton, esos seres diminutos que apenas vemos, son como las plantas de tu jardín, pero en el mar. Con la energía del sol, transforman el CO2 y el agua en el azúcar que necesitan para vivir y, ¡sorpresa!, en el oxígeno que tú y yo respiramos. Lo hacen flotando tranquilamente en los primeros 200 metros del océano, justo donde los rayos del sol pueden alcanzarlos.
¿Puedes creerlo? Este fitoplancton marino produce más oxígeno que todas las selvas, pastizales y jardines de nuestro planeta juntos. ¡Es asombroso! Y no solo eso, los microorganismos son el corazón del océano, constituyendo entre el 70 y el 90% de toda su biomasa. Así que la próxima vez que mires el mar, recuerda: no es solo agua, es un caldo viviente, lleno de vida que nos sostiene.
La Bomba Biológica de Carbono: El Secreto del Océano Profundo
Pero la magia no termina ahí, querido lector. Cuando estos pequeños héroes, el fitoplancton, cumplen su ciclo de vida y mueren, no desaparecen sin más. Se hunden, lentamente, a través de la inmensa columna de agua, llevando consigo algo invaluable: carbono. Es como si fueran pequeños mensajeros que transportan este elemento vital hasta el fondo más profundo del océano. Esta bomba biológica es una maravilla de la naturaleza: secuestra, ¡imagínate!, unos 10.2 gigatoneladas de carbono cada año. Y no solo eso, logra almacenar un total de 1,300 gigatoneladas a lo largo de un ciclo que dura, en promedio, 127 años. Es un trabajo tan impresionante que compite con la capacidad de todos los bosques del mundo para retirar carbono de nuestra atmósfera. ¡Es el pulmón y el purificador de nuestro planeta, trabajando en silencio por todos nosotros!
¿Conoces la Migración Vertical Diaria?
Cada noche, querido lector, ocurre en nuestro océano el movimiento de biomasa más grande de todo el planeta. ¿Te lo imaginas?
Documentado por primera vez por el naturalista francés Georges Cuvier en 1817, este fenómeno fue un misterio que nos intrigó por dos siglos. ¡Un verdadero enigma submarino!
Billones de plancton y otros pequeños organismos ascienden desde las profundidades abismales para alimentarse en la superficie, en un viaje colectivo que nos conecta con la vida misma. Y al amanecer, con la misma precisión, vuelven a descender.
Se estima que entre el 15 y el 50% de toda la biomasa de zooplancton migra cada día, transportando cantidades enormes de carbono y nutrientes a través de toda la columna de agua. Piensa en el impacto que esto tiene en nuestro hogar azul.
Es, sin duda, el latido del corazón del metabolismo de nuestro océano.
¿Cómo los virus mantienen vivo el océano?
Querido lector, ¿te imaginas que en cada mililitro de agua de mar, esa que acaricia nuestras costas, hay entre 1 y 10 millones de virus? Sí, ¡millones! Y no solo eso, los virus marinos acaban con el 20% de las bacterias del océano cada día.
Quizás esto suene destructivo, ¿verdad? Pero, ¡es absolutamente esencial para la vida en nuestro planeta! Cuando los virus hacen estallar a las bacterias, liberan nutrientes de nuevo al agua en un proceso fascinante que los científicos llaman el "viral shunt". Estos nutrientes reciclados alimentan a la siguiente generación de plancton, cerrando un ciclo vital que nos conecta a todos. La muerte alimenta la vida.
El hierro del océano: ¿por qué es tan vital para el oxígeno que respiramos?
El hierro es el nutriente limitante para el fitoplancton en el 30% de nuestros océanos. Imagina esto: ¡un solo gramo de hierro puede desatar una explosión de vida, creando millones de células de fitoplancton!
Y aquí viene el dato que lo une todo, querido lector, y que te va a tocar el corazón: la disminución de los cachalotes en el Océano Austral ha provocado que cada año se capturen 200,000 toneladas menos de carbono atmosférico. ¿La razón? Es asombrosa y sencilla a la vez. Las heces de ballena son increíblemente ricas en hierro. Menos cachalotes significan menos hierro, menos fitoplancton, menos oxígeno para todos nosotros y, sí, más CO2 en el aire que respiramos.
Así que, amigo, proteger a las ballenas es proteger a ese diminuto fitoplancton. Y proteger al fitoplancton es, ni más ni menos, proteger el oxígeno que tú y yo necesitamos para vivir cada día.
Qué está asfixiando la fábrica de oxígeno de nuestro océano?
Tres fuerzas se están uniendo, como un abrazo peligroso, sobre esos pequeños organismos que nos regalan el aire que respiramos.
Calentamiento del océano. El agua más cálida, simplemente, no puede retener tanto gas disuelto. ¡Piensa en esto! Solo este factor explica el 50% de la pérdida de oxígeno en las capas superiores del océano. La productividad primaria neta ha disminuido aproximadamente un 6% desde 1998.
Expansión de las zonas muertas. Las áreas del océano abierto, donde no hay oxígeno, han crecido más de 1.7 millones de millas cuadradas en los últimos 50 años. ¡Imagina eso! Las zonas costeras con poco oxígeno se han multiplicado por diez. ¿Y sabes qué las impulsa? Principalmente, el exceso de fertilizantes sintéticos de suelos degradados que son arrastrados por la lluvia hacia nuestros ríos y, tristemente, terminan en el mar. Esto provoca floraciones de algas que, como un monstruo hambriento, consumen todo el oxígeno disponible.
Contaminación por plásticos. Las sustancias que liberan los plásticos comunes, esos que vemos por todas partes, afectan directamente la producción de oxígeno de Prochlorococcus. Y los microplásticos —muchos de ellos viajando desde nuestros ríos hasta el océano— reducen la capacidad de hacer fotosíntesis en el plancton más grande hasta en un 45%. ¡Casi la mitad!
Nuestro océano ya ha perdido el 2% de su oxígeno disuelto desde los años 60. Y si seguimos por este camino, con escenarios de altas emisiones, podríamos ver cómo pierde otro 3 o 4% para el año 2100. ¡Es una cifra que nos debe hacer pensar!
¿Podemos cuidar el oxígeno de nuestro océano?
¡Sí! Las amenazas son serias, claro, pero no son irreversibles.
La Fundación Tara Ocean ha recorrido 400,000 kilómetros, navegando y recolectando muestras de plancton, creando así el conjunto de datos de genómica marina más grande de la historia. Mission Blue ha establecido más de 150 "Puntos de Esperanza" (Hope Spots) alrededor del mundo. Y la NASA, ¿sabes? Monitorea la salud del plancton desde el espacio, en tiempo real.
La conexión es de doble vía, querido lector, y es algo que sentimos todos: un suelo sano significa menos fertilizantes escurriéndose. Ríos saludables, menos plástico llegando al mar. Proteger a nuestros polinizadores es proteger los ecosistemas que mantienen vivas nuestras costas. Todo está conectado, ¿lo ves? Es un baile cósmico.
La ciencia está ahí. El monitoreo también. Lo que realmente importa ahora, lo que nos toca a ti y a mí, es si actuamos.
¿Qué puedes hacer tú para cuidar el pulmón azul de la Tierra?
Cada trozo de plástico que rechazas es una amenaza menos para esos pequeños organismos que fabrican el aire que respiras. Revisa tu protector solar: evita la oxibenzona y el octinoxato, sustancias que dañan al plancton. Usa una bolsa de lavado Guppyfriend para atrapar las microfibras de tu ropa sintética.
Apoya la ciencia de los océanos. Comparte lo que acabas de aprender, porque la mayoría de la gente no tiene ni idea de que el océano produce la mayor parte del oxígeno que respiramos.
Esos seres invisibles que flotan en el mar te mantienen con vida ahora mismo. Proteger a las ballenas protege al plancton. Reducir el plástico protege la fotosíntesis. Cada acción que tomas se conecta directamente con el aliento que estás respirando en este preciso instante.
El 'shunt' viral: ¿qué es y por qué nos importa a todos?
Imagina esto, querido lector: en cada litro de agua de mar, ¡hay diez mil millones de virus! Wilhelm y Suttle (1999) nos mostraron que los virus marinos eliminan entre el 20% y el 40% de la biomasa bacteriana cada día. Pero no te asustes, esto no es destrucción, ¡es puro reciclaje! Cuando un virus lisa (o 'revienta', como decimos coloquialmente) una célula bacteriana, su contenido se convierte en Materia Orgánica Disuelta (MOD) que se queda flotando en la superficie del océano.
Este 'shunt' viral desvía el carbono de la cadena alimentaria y lo regresa al ciclo microbiano. Sullivan et al. (2017) identificaron dos papeles clave para los virus: el 'shunt' (que mantiene el carbono en la superficie como MOD) y el 'shuttle' (que son agregados de células infectadas que se hunden, llevando el carbono a las profundidades). En el fondo, son los virus quienes controlan el destino del carbono.
¿Por qué solo el 1% del plancton superficial logra llegar al océano profundo?
Imagina, por un momento, la superficie brillante de nuestro océano, llena de vida. Allí, el plancton, esas diminutas maravillas, son el corazón de la vida marina. Pero, ¿qué pasa con ellos cuando intentan ir más allá, hacia las profundidades? Martin et al. (1987) nos dieron una pista fundamental con su famosa 'Curva de Martin', que describe cómo se va perdiendo el flujo de carbono a medida que bajamos.
Piensa en esto: si el 100% de la producción primaria neta superficial está disponible a 100 metros de profundidad, ¡solo un 10% de esa energía logra llegar a los 1,000 metros! Y lo más sorprendente, apenas un 1% alcanza el lecho marino. Esta disminución sigue una ley de potencias, descrita así: F(z) = F(100) x (z/100) elevado a la -0.86.
Ahora, adentrémonos juntos en un lugar mágico y misterioso: la zona crepuscular, entre los 200 y los 1000 metros de profundidad. Es justo aquí donde se decide la verdadera eficiencia de la bomba biológica, ese motor natural que lleva el carbono desde la superficie hacia las profundidades, ayudando a regular el clima de nuestro planeta. Gracias a los flotadores autónomos BGC-Argo 📚 Nature Geoscience, 2021, hemos descubierto que esta zona procesa mucho más carbono de lo que creíamos. ¡Es un hervidero de actividad! Aquí, la migración del zooplancton, la respiración microbiana y la fragmentación de partículas son protagonistas de una danza compleja que define el destino de ese carbono.
¿Qué causó el Gran Evento de Oxidación? ¡Una historia que nos une!
Un estudio de Lyons et al. (2014) en Nature nos reveló que las cianobacterias —esas pequeñas ancestras de nuestro querido Prochlorococcus moderno— fueron las responsables del Gran Evento de Oxidación hace 2.4 mil millones de años. Antes de esto, la atmósfera de nuestro planeta casi no tenía oxígeno libre. La fotosíntesis microbiana transformó nuestro hogar para siempre. ¡Imagina eso!
Pero, ¿sabes qué? Esos mismos organismos que nos dieron el aire que respiramos, ¡sí, esos mismos!, ahora están amenazados por el calentamiento y la acidificación de nuestros océanos. Un estudio de Behrenfeld et al. (2006) nos mostró que la productividad primaria de los océanos ha disminuido desde 1999. Es decir, los seres que crearon nuestra atmósfera están perdiendo las condiciones que necesitan para mantenerla. ¡Es como si la Tierra nos estuviera pidiendo ayuda!
El secreto del océano: ¿Cómo se dividen el trabajo los Prochlorococcus?
Johnson et al. (2006) en Science nos revelaron algo increíble: que Prochlorococcus no es una sola especie, ¡sino toda una familia de ecotipos! Los ecotipos adaptados a la luz intensa (HLI, HLII) son los que dominan la superficie, donde el sol baña todo con su energía. Mientras tanto, más abajo, entre los 100 y 200 metros de profundidad, encontramos a los ecotipos adaptados a la luz tenue (LLI hasta LLIV), que son los reyes de esas aguas más oscuras.
Y aquí viene lo más asombroso: el tamaño de su genoma cambia según el ecotipo, desde 1.6 hasta 2.4 megabases. Piensa en esto: las poblaciones que viven en las profundidades tienen más genes dedicados a capturar esa poca luz que llega, y menos para protegerse de los rayos UV, ¡porque allá abajo no los necesitan tanto! Esta división tan inteligente de nichos es lo que le permite a Prochlorococcus habitar toda la zona fótica del océano al mismo tiempo, ¡como si cada uno tuviera su propio lugar especial en esta gran casa azul que compartimos!
¿Qué conecta al plancton con cada sistema de nuestro mundo?
El plancton produce el DMS (dimetilsulfuro) que siembra las nubes en el microbioma del aire, funcionando como un termostato planetario. La escorrentía de nutrientes de suelos degradados, que llega a través de los ríos, crea las zonas muertas que aniquilan al plancton. La bomba biológica marina, por ejemplo, simplemente no puede funcionar sin el fitoplancton que inicia la cascada de carbono.
La misma teoría de juegos de cooperación que estudiamos en etología se aplica aquí: las comunidades de plancton muestran mutualismo, competencia y una 'vigilancia' mediada por virus que mantiene su diversidad. Sí, querido lector, cada segunda respiración que tomas proviene de estos diminutos organismos invisibles.
¿Cómo el plancton, ese pequeño gran héroe, controla la formación de nubes?
¿Te has puesto a pensar, querido lector, que en el inmenso azul de nuestros océanos, hay unos seres diminutos, casi invisibles, trabajando incansablemente por nosotros? Hablamos del fitoplancton. Ellos producen una molécula fascinante, el dimetilsulfoniopropionato (DMSP), que luego unas bacterias transforman en un gas que sube a la atmósfera: el dimetilsulfuro (DMS). Este DMS se convierte en un núcleo de condensación de nubes (NCN). ¿Y sabes qué significa esto? Que el plancton, con su magia microscópica, programa literalmente las nubes para que reflejen la luz del sol. Es como si tuviéramos un termostato planetario, ¡y ellos son los ingenieros!
Esta es la famosa hipótesis CLAW (Charlson, Lovelock, Andreae, Warren), que nos propone un ciclo de retroalimentación asombroso. Piensa conmigo: si las temperaturas del océano suben, el plancton crece con más fuerza. Más plancton significa más producción de DMS. Más DMS, a su vez, genera una mayor cobertura de nubes. ¿Y qué hacen esas nubes? ¡Ayudan a enfriar el planeta! Es una retroalimentación negativa, un sistema natural que busca el equilibrio. Aunque todavía se debate si esta retroalimentación es lo suficientemente potente como para amortiguar el cambio climático que nos preocupa, lo que sí está claro es que el mecanismo, la forma en que sucede, ¡está totalmente comprobado!
La Proporción de Redfield: Un secreto del océano que nos une a todos
Querido lector, ¿alguna vez te has preguntado cómo funciona la vida en nuestros vastos océanos? Pues bien, nuestro querido plancton, ese motor invisible de los océanos, mantiene una proporción elemental asombrosamente estricta: 106 de Carbono : 16 de Nitrógeno : 1 de Fósforo. Esta Proporción de Redfield (1934) es, ni más ni menos, la huella química universal de la vida marina. Y aquí viene lo fascinante: si esta proporción se desequilibra, nos está diciendo qué nutriente está limitando la productividad, es decir, el crecimiento de la vida en el mar.
En un 40% de nuestros océanos, el nitrógeno es el que pone el freno al crecimiento. En un 30%, el hierro es el cuello de botella. Y en un 15%, el fósforo. Pero no todo está perdido, ¡al contrario! Hay unos héroes microscópicos, los fijadores de nitrógeno como el Trichodesmium, que rompen este cuello de botella al transformar el N2 atmosférico en amonio biológicamente disponible. Esto permite que el océano respire, que inhale más carbono, ¡y eso nos beneficia a todos! Donde estos fijadores de nitrógeno prosperan, la bomba biológica funciona a toda máquina, manteniendo el equilibrio que tanto necesitamos.
¿Por qué a nuestros océanos del sur les cuesta respirar?
El hierro es un factor limitante para el crecimiento del fitoplancton en el 30% de nuestros océanos. Imagínate estas zonas, que llamamos de Altas Nutrientes y Baja Clorofila (HNLC por sus siglas en inglés): tienen nitrógeno y fósforo en abundancia, ¡una verdadera fiesta de nutrientes! Pero les falta algo crucial: hierro. Y sin ese hierro, el fitoplancton, esos pequeños héroes del océano, simplemente no pueden fabricar las enzimas que necesitan para la fotosíntesis.
Hemos visto en experimentos de fertilización con hierro cómo se desatan floraciones masivas, sí, pero tristemente temporales. Al añadir hierro a estas aguas HNLC, se provoca una explosión de diatomeas que absorben el CO2 del aire a una velocidad impresionante. Pero, ¡ay!, estas floraciones se desvanecen en cuestión de semanas, y la captura de carbono que logran podría no durar mucho. En cambio, las fuentes naturales de hierro —como el polvo del Sahara, las cenizas volcánicas o incluso las heces de ballena—, aunque generen una productividad menor, la mantienen de forma mucho más constante y duradera. Es fascinante pensar cómo el microbioma del aire se encarga de llevar este hierro, que viaja en el polvo, a través de los océanos, uniendo así el transporte atmosférico con la fotosíntesis marina. ¡Una conexión que nos une a todos!
Ciencia Revisada por Pares
VerificadoMarlysa Sullivan, PhD
Maryland University of Integrative Health
United States
Yoga Therapy and Polyvagal Theory: The Convergence of Traditional Wisdom and Contemporary Neuroscience for Self-Regulation and Resilience — Frontiers in Human Neuroscience
Adrian Martin
University of East Anglia
Norwich, UK
Justice and conservation: The need to incorporate recognition — Biological Conservation
Daniel P. R. Herlemann, PhD
Leibniz Institute for Baltic Sea Research
Rostock, Germany
Transitions in bacterial communities along the 2000 km salinity gradient of the Baltic Sea — The ISME Journal
Nancy Collins Johnson
Northern Arizona University
Arizona 86011–5640, USA
Functioning of mycorrhizal associations along the mutualism–parasitism continuum* — New Phytologist
Colomban de Vargas
Centre National de la Recherche Scientifique
29680 Roscoff, France
Eukaryotic plankton diversity in the sunlit ocean — Science
Adrien Vigneron
Université Laval
Canada.
Genomic insights into cryptic cycles of microbial hydrocarbon production and degradation in contiguous freshwater and marine microbiomes — Microbiome
Ricardo Cavicchioli
UNSW Sydney
School of Biotechnology and Biomolecular Sciences, The University of New South Wales
"ommunities by providing microhabitats that favor carbon-fixing bacteria, leading to increased polysaccharide production and reduced CO2 efflux by 15% through pathways like enhanced nitrogen fixation and altered gene expression for carbon assimilation"
Scientists’ warning to humanity: microorganisms and climate change — Nature Reviews Microbiology
Craig R. Smith
Adrianne P. Smits
Laurent Lebreton
Karen Duis