El microbioma marino: El corazón
Descubre cómo la bomba biológica de

La bomba biológica de carbono: ¿Cómo funciona este guardián de nuestro planeta?
Imagina, querido lector, que el océano tiene un mecanismo asombroso, una especie de corazón gigante que late para nosotros. Esa es la bomba biológica de carbono, el sistema que mueve el carbono de nuestra atmósfera hacia las profundidades del mar.
Todo empieza con la fotosíntesis, ese milagro de la vida que ya conoces. Pequeñísimas criaturas, el fitoplancton, flotan en la superficie y, como si fueran diminutas fábricas, transforman el CO2 en materia orgánica. Pero la historia no termina ahí. Cuando estas criaturas cumplen su ciclo, se unen, se agrupan, formando lo que llamamos "nieve marina". Piensa en ella como una lluvia constante de partículas que, lentamente, desciende desde la zona iluminada por el sol hasta el abismo más profundo.
Y no, esto no es un suave paseo. Cada año, esta nieve marina transporta miles de millones de toneladas de carbono a más de mil metros de profundidad, donde queda atrapado, guardado, lejos de nosotros, por siglos, incluso milenios. Sin esta bomba, sin este guardián silencioso, el CO2 en nuestra atmósfera sería el doble de lo que es hoy. Imagina las consecuencias para nuestro hogar, para todos nosotros.
El Bucle Microbiano: ¿Por qué es el Corazón Oculto de Nuestros Océanos?
Imagínate esto, querido lector: un motor invisible, latiendo en las profundidades de nuestros mares, que mueve la mitad de la vida marina sin que apenas lo notemos. Pues bien, ese es el bucle microbiano, y gracias a la curiosidad de Azam y sus colegas, hoy sabemos que las bacterias procesan un asombroso 50% de toda la producción primaria marina a través de él.
Piensa en el fitoplancton, esas diminutas plantas marinas que son la base de todo. Cuando viven y mueren, liberan materia orgánica disuelta. ¿Y quién entra en acción? Las bacterias, que se encargan de consumirla. Luego, estas bacterias son devoradas por protistas, y así, los nutrientes vuelven a la red alimentaria, cerrando un ciclo vital. Es una danza microscópica, pero con un impacto gigantesco.
Este bucle es invisible, sí, pero absolutamente fundamental para la salud de nuestro planeta. Es el que decide si el carbono se queda en la superficie (donde podría volver a nuestra atmósfera, ¿te das cuenta?) o si, por el contrario, se "empaqueta" en partículas lo suficientemente densas como para hundirse en las profundidades del océano. El bucle microbiano es, ni más ni menos, el punto de decisión clave de toda la bomba de carbono. Es el guardián silencioso que regula el pulso de nuestro clima.
La derivación viral: ¿Qué es y por qué nos importa tanto?
Cada litro de agua de mar guarda 10 mil millones de virus. Estos pequeños, pero poderosos, eliminan entre el 20 y el 40% de las bacterias marinas cada día. Imagina: rompen sus células y liberan todo lo que llevan dentro, devolviéndolo a la gran reserva de materia orgánica disuelta. Este proceso, que llamamos derivación viral, es fascinante: toma el carbono de los niveles tróficos superiores y lo regresa directo al bucle microbiano.
Pero no te confundas, querido lector, lejos de ser algo destructivo, la derivación viral es una verdadera arquitecta de la vida. Mantiene la diversidad microbiana (así ninguna especie se vuelve la única dueña del lugar), recicla nutrientes vitales hacia la superficie del océano y, además, impulsa la evolución de la resistencia microbiana. En resumen, los virus marinos son ingenieros de ecosistemas, no simples patógenos.
Diatomeas y Prochlorococcus: ¿Por qué son tan diferentes y qué nos revelan?
Imagina por un momento dos mundos microscópicos que, aunque conviven en el vasto océano, no podrían ser más distintos. Por un lado, tenemos a las diatomeas: son como pequeñas obras de arte de cristal, relativamente grandes para su tamaño (entre 2 y 200 micrómetros). Las encuentras dominando las aguas costeras, esas que están llenas de nutrientes. Son unas verdaderas campeonas en la exportación de carbono, hundiéndose rápido y llevando consigo este elemento esencial.
Y por el otro, está Prochlorococcus. ¡Es diminuto, casi imperceptible (apenas 0.5 a 1 micrómetro)! Pero no te dejes engañar por su tamaño, porque es el fotosintetizador más abundante de toda la Tierra. Él prefiere la inmensidad del océano abierto, donde los nutrientes son escasos, y se toma su tiempo para descender.
A pesar de sus diferencias, hay algo que los une de manera asombrosa: juntos, estos dos pequeños gigantes producen aproximadamente el 40% del oxígeno que respiramos. ¡Sí, casi la mitad del aire que entra en tus pulmones viene de ellos! Pero su contribución a la "bomba de carbono" del océano se da a través de mecanismos fundamentalmente distintos. Mientras las diatomeas son expertas en la exportación, las cianobacterias (como Prochlorococcus) se encargan del reciclaje. El equilibrio entre la exportación impulsada por las diatomeas y el reciclaje que hacen las cianobacterias es clave. Es lo que define la eficiencia del secuestro de carbono en nuestros océanos, un proceso vital para la salud de nuestro planeta y, por ende, para nuestra propia existencia.
¿Qué pasa en la 'zona crepuscular' del océano?
Imagínate un lugar en el océano, entre los 200 y los 1000 metros de profundidad, al que llamamos la 'zona crepuscular'. Pues es justo ahí donde se decide el destino de la bomba biológica, un proceso clave para nuestro planeta. Los flotadores autónomos BGC-Argo 📚 Nature Geoscience, 2021 nos han revelado que esta zona procesa mucho más carbono de lo que creíamos. Aquí ocurren fenómenos fascinantes: la migración del zooplancton, la respiración microbiana y la fragmentación de partículas.
La mayor parte de la 'nieve marina' –esas partículas orgánicas que caen desde la superficie– se consume o se disuelve antes de llegar al fondo del océano profundo. Solo entre el 1 y el 2% de la producción superficial logra sobrevivir hasta los 1,000 metros. Pero, ¡ojo!, esa pequeña fracción es inmensa a escala planetaria, y es precisamente ella la que define nuestro clima a largo plazo.
¿Cómo están los microplásticos alterando la bomba vital de nuestros océanos?
Los microplásticos interfieren con la formación de la nieve marina, alterando cómo se agrupan las partículas y la velocidad a la que se hunden. Los estudios nos dicen que esto podría reducir la eficiencia de la bomba biológica entre un 10 y un 25%. Y por si fuera poco, querido lector, los microplásticos ofrecen superficies para la colonización bacteriana, desviando el procesamiento del carbono de su camino hacia las profundidades y dirigiéndolo de nuevo a la superficie.
Así, los plásticos que desechamos en tierra terminan alterando el ciclo de carbono más profundo de nuestro planeta. ¡Es una conexión que nos toca a todos!
¿Cuánto CO2 ha absorbido ya nuestro océano?
Desde la industrialización, nuestro océano ha absorbido aproximadamente 525 mil millones de toneladas de CO2 antropogénico, lo que representa casi el 30% de todas las emisiones humanas. Este enorme efecto amortiguador ha ralentizado el cambio climático. Pero el precio que estamos pagando es la acidificación de los océanos: a medida que el CO2 se disuelve, forma ácido carbónico, disminuyendo el pH y amenazando a los organismos calcificadores (corales, cocolitóforos, pterópodos) que son esenciales para la bomba biológica.
¿Qué maravillas nos revelaron BGC-Argo y Tara Oceans?
La expedición Tara Oceans recolectó 35,000 muestras a lo largo y ancho de todos los océanos, descubriendo millones de genes microbianos que ni siquiera sabíamos que existían, y revelándonos algo fascinante: que las redes de comunidades de plancton (no solo cuántos hay) son clave para predecir qué tan eficiente es el océano exportando carbono (Guidi et al., Nature 2016).
Mientras tanto, las boyas BGC-Argo ahora nos están brindando mediciones continuas y autónomas de la biogeoquímica del océano, ¡y a gran profundidad! Juntos, estos programas están reescribiendo por completo nuestra forma de entender cómo respira nuestro querido océano.
El secreto del océano profundo: ¿Qué es la hipótesis del lastre mineral?
No toda la Nieve Marina se hunde a la misma velocidad. Un estudio de Armstrong y su equipo (2002) nos mostró algo fascinante: el lastre mineral —ese carbonato de calcio de los caparazones de cocolitóforos y la sílice de las frústulas de diatomeas— multiplica la velocidad de hundimiento entre 10 y 100 veces. De hecho, el flujo de carbono orgánico particulado está muy ligado al flujo mineral, con un R cuadrado de 0.8. ¡Una conexión muy fuerte!
Imagina esto: sin estos caparazones minerales tan pesados, la mayor parte del carbono orgánico sería devorada por las bacterias mucho antes de llegar a las profundidades de nuestro océano. Así que, querido lector, las diatomeas y los cocolitóforos no son solo fábricas de oxígeno. ¡Son los motores gravitacionales de la bomba biológica, los verdaderos héroes que mantienen el equilibrio de nuestro planeta!
El carbono que se resiste a desaparecer: ¿Qué es el Carbono Orgánico Disuelto Recalcitrante?
Querido lector, ¿sabías que Jiao et al. (2010) en Nature Reviews Microbiology nos presentaron algo fascinante? Definieron la Bomba Microbiana de Carbono (BMC) — un proceso que es muy diferente de la bomba biológica que quizás ya conoces.
Estos pequeños microbios, nuestros aliados invisibles, tienen la increíble capacidad de transformar la materia orgánica disuelta lábil en Carbono Orgánico Disuelto Refractario (CODR), ¡un tipo de carbono que puede quedarse con nosotros por 4,000 a 6,000 años!
Imagina esto: el reservorio de CODR guarda 662 petagramos de carbono. ¡Es la reserva más grande de carbono reducido en todo nuestro planeta! Este carbono 'invisible' es, para la mayoría de los organismos, ¡químicamente 'ilegible'!
Y aquí viene lo más sorprendente: la BMC podría superar el secuestro de carbono de la bomba biológica en esos inmensos y misteriosos giros oceánicos oligotróficos. ¡Estamos hablando de un impacto gigantesco en cómo nuestro planeta maneja el carbono!
¿Por qué la mixotrofía está dándole la vuelta a todo lo que creíamos saber?
Un estudio fascinante de Mitra y su equipo (2014) nos reveló que la mitad de los protistas marinos son mixótrofos — es decir, combinan la fotosíntesis y la fagotrofía. Imagina esto: cuando hay luz, hacen fotosíntesis; cuando no, ¡se dan un festín de bacterias! Este metabolismo dual, esta forma de vida tan ingeniosa, es la que reina en los giros oceánicos oligotróficos.
Y aquí viene lo realmente emocionante: la mixotrofía está redefiniendo por completo nuestros modelos de ciclo del carbono. Los modelos que conocíamos, esos que nos enseñaron, siempre separaban a los 'productores' de los 'consumidores'. Pero la realidad, querido lector, es mucho más sorprendente: ¡el mismo organismo hace ambas cosas! Esto les da una flexibilidad metabólica asombrosa, una especie de superpoder que estabiliza la red alimentaria de la superficie del océano y la protege cuando los nutrientes escasean.
¿Qué pasaría si nuestra bomba biológica fallara?
Sin la bomba biológica, el CO2 atmosférico sería aproximadamente el doble de los niveles actuales, llevando nuestro clima a un estado que no hemos visto en 50 millones de años. Esta bomba falla cuando el calentamiento de la superficie aumenta la estratificación, atrapando los nutrientes bajo la termoclina y dejando a nuestro fitoplancton sin alimento.
Behrenfeld et al. (2006) en Nature nos mostraron que esto ya está sucediendo: la productividad primaria del océano ha disminuido desde 1999. Esos pequeños plancton que producen cada segunda bocanada de aire que respiramos están siendo privados de alimento por el mismo calentamiento que ellos ayudan a mitigar. Este ciclo de retroalimentación es el riesgo planetario más importante y con mayores consecuencias del que la mayoría de nosotros nunca ha oído hablar.
¿Cómo el océano se entrelaza con cada sistema que nos rodea?
Los ríos, esos hilos de vida que serpentean por la tierra, arrastran consigo nutrientes del suelo. Y esos nutrientes, ¿sabes?, son el motor de las explosiones de vida en nuestras costas, las llamadas floraciones costeras. Y no solo eso, esas floraciones liberan una sustancia llamada DMS, que viaja hasta el cielo y ayuda a formar las nubes que luego nos traen la lluvia. El oxígeno que el océano nos regala con cada ola, con cada respiración, es el alimento vital para el holobionte, esa comunidad de organismos que viven en simbiosis. Y si hablamos de trabajo en equipo, querido lector, la etología de la cooperación marina es un espectáculo aparte. ¿Has pensado alguna vez en cómo se ayudan entre sí en el mar? Es fascinante. Desde los 'mercados' de peces limpiadores que cuidan a otros peces, hasta las ballenas que actúan como verdaderas 'bombas de nutrientes' para todo el ecosistema. Todo esto, ¿sabes?, es lo que los científicos llaman la teoría del mercado biológico de las profundidades. Una red de dar y recibir que nos enseña mucho.
¿Qué sucede en la Zona Crepuscular (200-1000m)?
La zona crepuscular mesopelágica es el filtro más crítico en el ciclo global del carbono. Imagina esto, querido lector: cada noche, billones de zooplancton hacen un viaje increíble. Suben a la superficie para alimentarse y, al amanecer, regresan a las profundidades. Es lo que llamamos la migración vertical diaria, ¡y es el movimiento de biomasa más grande de todo nuestro planeta! Y con este baile nocturno, el zooplancton hace algo asombroso: al alimentarse arriba y excretar abajo, inyecta carbono directamente en el océano profundo, saltándose el lento camino de hundimiento por gravedad.
Pero espera, hay más. Las salpas, estas criaturas fascinantes, crean el verdadero tren de alta velocidad del océano. Sus gránulos fecales, envueltos en una membrana, se hunden a más de 1,000 metros por día. ¡Es tan rápido que las bacterias no tienen tiempo de consumirlos en el trayecto! Y esta velocidad es clave: esta exportación rápida actúa como un amortiguador climático crucial, asegurando que el carbono llegue al fondo marino para quedarse almacenado por miles de años.
La Curva de Martin: El secreto de la bomba de carbono de nuestro planeta
Querido lector, ¿alguna vez te has preguntado cómo nuestro vasto océano maneja el carbono? Hoy te presento a la Curva de Martin, una fórmula que nos ayuda a entender cómo el flujo de carbono orgánico disminuye a medida que nos adentramos en las profundidades. Imagina esto: F(z) = F(eufótica) x (z/z_eufótica) a la potencia de -b, donde 'b' es un valor casi constante, alrededor de 0.86 en todo el mundo. ¿Qué significa esto en la práctica? Pues que el 90% del carbono que nace en la superficie es devorado por bacterias antes de que siquiera llegue a los mil metros. Y lo más impactante: ¡apenas un 1% de ese carbono logra tocar el fondo del mar!
Ahora, aquí viene lo crucial, lo que nos conecta a todos: un pequeño cambio en ese valor de 'b' tiene consecuencias gigantescas para el clima de nuestro planeta. Piensa en ello: si el calentamiento global hace que 'b' aumente, significa que las bacterias se vuelven aún más eficientes reciclando ese carbono. ¿El resultado? Menos carbono se hunde hacia las profundidades del océano, y, tristemente, más CO2 se queda atrapado en nuestra atmósfera, contribuyendo al cambio climático que tanto nos preocupa. Así que, amigo, esos diminutos organismos, el plancton que inicia toda esta increíble cascada de vida y muerte, son los verdaderos guardianes que deciden si esta bomba vital de carbono funciona o si, por desgracia, falla.
El gran viaje del carbono: ¿Cómo el lastre mineral lo acelera en nuestro océano?
Querido lector, ¿alguna vez te has detenido a pensar en el increíble ballet que ocurre bajo la superficie del mar? Imagina la "nieve marina", esa lluvia constante de materia orgánica que cae hacia las profundidades. Pero, ¿sabías que no toda se hunde a la misma velocidad?
Un equipo de científicos, Armstrong y sus colegas (2002), nos reveló un detalle fascinante: el lastre mineral, como los caparazones de carbonato de calcio de los cocolitóforos o las frústulas de sílice de las diatomeas, puede acelerar la velocidad de hundimiento entre 10 y 100 veces. Piensa en ello: estos minerales pesados son como pequeñas anclas, arrastrando el carbono orgánico hacia abajo mucho más rápido de lo que las bacterias pueden consumirlo. ¡Es una carrera contra el tiempo en las profundidades!
Y aquí viene una conexión que te sorprenderá: el polvo que viaja por nuestro aire, esas partículas de desiertos como el Sahara o el Gobi, también aporta un lastre litogénico adicional. Es como si el planeta entero colaborara en este proceso vital. En años con mucho depósito de polvo, el valor b de la Curva de Martin cae significativamente. ¿Por qué? Porque el carbono se lanza a toda velocidad, dejando atrás a esas bacterias hambrientas de la zona crepuscular. La bomba biológica, entonces, no es solo biología. Es una orquesta de biogeoquímica, donde minerales y microbios trabajan juntos en una danza vital para nuestro planeta y para todos nosotros.
¿Cómo los larváceos gigantes se convierten en nuestros ascensores de carbono de alta velocidad?
Imagina esto, querido lector: en las profundidades de nuestro vasto océano, existen unos seres fascinantes llamados larváceos gigantes. Son verdaderos arquitectos, y su trabajo es crucial para nuestro planeta.
Robison et al. (2005) en Science descubrieron que estos larváceos construyen unas casas de moco impresionantes, ¡de hasta 1 metro de diámetro! Estas estructuras actúan como filtros naturales, capturando entre el 10 y el 40% del carbono de la superficie del océano cada día. Piensa en ello: una parte significativa del carbono que nos preocupa, ¡filtrada por estos pequeños héroes!
Pero aquí viene lo más sorprendente. Cuando estas casas se tapan y ya no pueden filtrar más, ¿qué crees que hacen? Los larváceos las abandonan. Y esa estructura, que ya cumplió su misión de limpieza, no se queda flotando. ¡Para nada! Se convierte en un verdadero ascensor.
Esa casa de moco abandonada se hunde a una velocidad increíble: entre 800 y 1,000 metros cada día. Esto es entre 10 y 100 veces más rápido que el hundimiento de una partícula individual. ¡Una locura! Es como si tuvieran un sistema de transporte ultrarrápido para llevar el carbono de la superficie a las profundidades del océano, donde queda almacenado.
De hecho, Henschke et al. (2019) calcularon que estos pequeños gigantes transportan nada menos que 100 millones de toneladas de carbono al año. ¡Imagina el impacto que tienen en el equilibrio de nuestro planeta! Es una danza silenciosa y poderosa que ocurre bajo las olas, y nos recuerda lo interconectados que estamos con cada ser vivo, por pequeño que parezca. La ciencia nos permite ver y apreciar estos milagros, ¿verdad?
La Paradoja del Contrapeso de Carbono: ¿Un Misterio que Resolvemos Juntos?
Querido lector, ¿alguna vez te has preguntado cómo el océano maneja el carbono? Hoy te traigo un misterio fascinante, protagonizado por unos seres diminutos pero poderosos: los cocolitóforos. Imagina que estos pequeños artistas construyen sus delicados caparazones de carbonato de calcio. Y aquí viene la primera sorpresa: en el proceso, liberan dióxido de carbono. Sí, es una reacción química que conocemos bien: Ca2+ + 2HCO3- produce CaCO3 + CO2 + H2O. Es decir, por cada mol de carbono que entierran en sus caparazones, un mol de CO2 se libera al agua. Parece contradictorio, ¿verdad? Pero aquí está la clave: sus caparazones no son solo una casa, son el lastre más eficiente del océano, acelerando su hundimiento a velocidades impresionantes de 100 a 200 metros por día.
Ese CO2 que sueltan al principio es un costo a corto plazo, sí. Pero la eficiencia con la que transportan el carbono hacia las profundidades es una ganancia inmensa para el planeta a largo plazo. Sin embargo, nuestro océano está cambiando. La acidificación oceánica está debilitando la calcificación de estos cocolitóforos, creando caparazones más delgados y frágiles. Esto reduce su capacidad de lastre, justo cuando el calentamiento global aumenta la estratificación del agua, haciendo más difícil que el carbono llegue al fondo. Es un equilibrio delicado, y los modelos científicos aún no se ponen de acuerdo sobre si esta compleja retroalimentación neta aumentará o disminuirá el secuestro de carbono. Es un rompecabezas que estamos descifrando juntos, porque entenderlo es clave para el futuro de nuestro planeta.
La increíble forma en que los Prochlorococcus dividen el océano con la luz, ¡y cómo nos afecta a ti y a mí!
Querido lector, ¿sabías que un estudio de Johnson et al. (2006) nos reveló algo fascinante? Prochlorococcus no es solo una bacteria, sino una familia de ecotipos distintos. Los ecotipos adaptados a mucha luz (HL) son los reyes de la superficie del océano. Mientras tanto, los que aman la poca luz (LL) se sienten cómodos entre los 100 y 200 metros de profundidad. Sus genomas, entre 1.6 y 2.4 megabases, son los más pequeños de cualquier organismo fotosintético. ¡Imagina qué eficiencia!
Los ecotipos HL no aguantan más allá de los 50 metros. Y los LL, por su parte, no pueden competir con la luz intensa de la superficie. Esta división vertical del espacio es una estrategia brillante que maximiza la productividad de toda la columna de agua. ¡Un verdadero trabajo en equipo de la naturaleza!
Ahora, la gran pregunta que nos hacemos es: ¿cómo afectará el cambio climático a la distribución de estos ecotipos? Aún no lo sabemos con certeza. El calentamiento podría expandir el hogar de los HL, pero una mayor estratificación del agua podría reducir el alimento que llega a las profundidades donde viven los LL. Y aquí es donde entra en juego algo crucial para todos nosotros: la conexión entre el plancton y el oxígeno que respiramos. La relación plancton-oxígeno depende directamente de estos delicados equilibrios.
El carbono en tu mundo: ¿cómo los virus marinos deciden su camino?
Imagina un mundo microscópico bajo las olas, un lugar donde los seres más pequeños tienen un poder inmenso. Sullivan et al. (2017) nos abrieron los ojos a la doble función de los virus marinos, ¡sí, esos pequeños que a veces nos asustan! Piensa en ellos como coreógrafos del carbono, dirigiendo un baile vital para nuestro planeta.
Por un lado, tenemos la derivación viral. Es como si estos virus, al romper las células bacterianas, liberaran su carbono como materia orgánica disuelta. Este carbono se queda flotando en la superficie, alimentando el bucle microbiano en lugar de hundirse. Es un reciclaje rápido, una fiesta en la superficie.
Pero, ¡espera!, también existe la lanzadera viral. Aquí, los virus hacen lo contrario. Cuando las células se infectan y se agrupan, se vuelven pesadas y se hunden, llevando ese carbono a las profundidades del océano. Es como un ascensor que baja el carbono, guardándolo lejos de nuestra atmósfera.
¿Te das cuenta de la importancia? El camino que predomine en esta danza microscópica decide si el carbono se queda en la atmósfera, contribuyendo al cambio climático, o si viaja a las profundidades del océano, donde puede permanecer guardado por miles de años. Es una decisión que nos afecta a todos, a ti, a mí, a las futuras generaciones.
Aunque parezca una masacre, los virus eliminan entre el 20 y el 40% de las bacterias marinas cada día, ¡pero esto no es destrucción! Al contrario, es un acto de equilibrio. Impide que una sola especie se apodere de todos los nutrientes, manteniendo un ecosistema justo y funcional. La lisis viral —ese proceso de ruptura— es clave para mantener la diversidad microbiana. Es como el jardinero que poda para que el jardín florezca. Esta diversidad es la que mantiene funcionando la bomba biológica de nuestro océano, ese sistema vital que mueve el carbono a través de todas las provincias oceánicas. Es un recordatorio de que, incluso en lo más pequeño, hay una sabiduría inmensa que sostiene la vida en nuestro hogar azul.
Videos de Apoyo

Particle-associated bacteria in SML is the major player in PAH biodegradation in Antarctica
Ciencia Revisada por Pares
VerificadoWilliam E. Armstrong
University of Tennessee Health Science Center
Memphis College of Medicine 38163, USA.
Chloé Baumas
Centre National de la Recherche Scientifique
Marseille, France
A focus on different types of organic matter particles and their significance in the open ocean carbon cycle — Progress In Oceanography
Nancy Collins Johnson
Northern Arizona University
Arizona 86011–5640, USA
Functioning of mycorrhizal associations along the mutualism–parasitism continuum* — New Phytologist
François Thomas
Sorbonne Université
Roscoff, France
Environmental and Gut Bacteroidetes: The Food Connection — Frontiers in Microbiology
Marlysa Sullivan, PhD
Maryland University of Integrative Health
United States
Yoga Therapy and Polyvagal Theory: The Convergence of Traditional Wisdom and Contemporary Neuroscience for Self-Regulation and Resilience — Frontiers in Human Neuroscience
Douglas B. Rusch
J. Craig Venter Institute
Maryland, United States of America
The Sorcerer II Global Ocean Sampling Expedition: Northwest Atlantic through Eastern Tropical Pacific — PLoS Biology
Ricardo Cavicchioli
UNSW Sydney
School of Biotechnology and Biomolecular Sciences, The University of New South Wales
"ommunities by providing microhabitats that favor carbon-fixing bacteria, leading to increased polysaccharide production and reduced CO2 efflux by 15% through pathways like enhanced nitrogen fixation and altered gene expression for carbon assimilation"
Scientists’ warning to humanity: microorganisms and climate change — Nature Reviews Microbiology
Gabriele Berg
Madeleine J. H. van Oppen
Danping Zheng
Yong Fan
Rodrigo Mendes
M. Amine Hassani
Debby Laukens
Alicia Balbín-Suárez
Jake M. Robinson

